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  • Lo que la pandemia se llevó. O las joyas después del coronavirus.

    Hace pocas semanas se anunciaron las medidas de seguridad para la “nueva normalidad” a la que deberemos enfrentarnos. Entre estas medidas se contempla la desaparición del uso de corbatas, barbas, pendientes y joyería en general, por ser objetos u elementos expuestos al constante contacto de nuestras manos y fluidos de gente inconsciente que estornuda o tose sin taparse el hocico o que se pica la nariz en vía pública y después decide tomar objetos así, sin lavarse las manos.
    La pregunta que me atañe es ¿qué pasará con la joyería en la vida diaria y en el cine? La joyería ha sido un elemento esencial para la construcción del mundo cinematográfico, basta mencionar a El señor de los anillos o el gira tiempo de Hermione Granger en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. ¿Quién diría, que el anillo para gobernarlos a todos. El anillo para encontrarlos, el anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas también sería el anillo que podría matarnos a todos por coronavirus?Otras joyas icónicas por mencionar y que en estos tiempos serían imposibles de usar sería el collar de Rose (Titanic, 1993), el emblemático juego de collar, pulseras y el anillo the moon of Baroda que usó Marilyn Monroe en  Gentlemen Prefer Blondes (1953) película en la cuál la misma Monroe canta un himno a los diamantes (“Diamonds are the girl’s Best friends”) o el collar de rubíes de Pretty woman (1990) diseñado por Fred Joailler.¿Qué sería de todas estas películas sin esos íconos? ¿Pueden imaginar Breakfast at Tiffany’s sin el collar de perlas usado por Audrey Hepburn y diseñado, obviamente, por Tiffany’s & co.? ¿Qué impacto tendrían películas como Moulin rouge (2001) que además es la pieza de joyería más cara jamás realizada para una película o el camafeo que usó Vivien Leigh en Lo que él viento se llevó (1939) y que pertenecía a la madre de la diseñadora de vestuario?Los tiempos cambian. Y si bien estas piezas ya no son vistas en las calles, aunque sea en imitaciones, son objetos que ayudan a construir un mundo fuera de nuestra realidad. O, en el caso del teatro, nos ayudan a confrontar nuestra realidad. Por eso eso creí importante plantear todas estas preguntas, porque la realidad ha cambiado, el mundo ya no es el mismo y puede ser que no vuelva a serlo jamás. Y, muy posiblemente, el cine y el teatro tampoco vuelvan a ser igual. §

  • La intimidad en los tiempos de pandemia

    Los últimos meses, como gran parte de la población mundial, los he pasado en el encierro —casi total— al lado de mi familia. Y más allá de descubrir que vivimos entre desconocidos, que no soportamos a “x” pariente o extrañamos a cierta cantidad de personas —incluído el fantástico fenómeno del “Regreso de los ex’s”, como ha tenido a bien nombrarlo cierto medio impreso y del que hablaré en una entrada futura— me ha rondado la cabeza la idea de la “intimidad”.Aquella tan añorada idea de la adolescencia que todos pedíamos a gritos para poder escuchar la música a todo volumen, ver una serie de películas “prohibidas” por nuestros padres por su alto contenido sexual, lenguaje poco apropiado o escenas demasiado grotescas y asquerosas para considerarse dignas de una buena moral cristiana o simplemente para explorar ese nuevo y deforme cuerpo adolescente o sólo mirar la inmensidad del techo. Porque ¿quién en su sano juicio y buena alma se ríe y le da hambre mientras mira Human Centipede 1? Solo alguien muy enfermo o una adolescente con un retorcido sentido del humor que se convirtió en una adulta igual de extraña. Estos recuerdos vienen a mí, justo en un momento complicado para todos, el encierro total. Es en este enclaustramiento apocalíptico que he caído en la ausencia de mi propia privacidad y de la de muchos de mis amigos y conocidos. La mayoría de los millenials, a nuestros casi treinta primaveras, seguimos viviendo con nuestros padres. Los más “afortunados” viven con roomies en pequeños departamentos en los que se escucha y se huele —sí, leyeron bien, huele— absolutamente todo. TODO.Los “niños de casa” si bien nos va, tendremos un cuarto propio con puerta, pero aún así hay fallas. La comida del refrigerador desaparece misteriosamente, la ropa igual (en caso de tener hermanos del mismo sexo), los lápices, libros, todo artículo de papelería, película, disco o vídeo juego está merced de las mañosas manos de nuestros familiares que por compartir espacio se creen con el derecho de tomar lo que necesiten, muchas veces sin tener la obligación moral de devolverlo.Pero el problema no termina ahí. A modo de El castillo de la pureza también se puede censurar lo que se hace y lo que se ve, porque nunca falta el chismoso. Y eso ocurría antes del encierro, no faltaba el reclamo del padre, madre o primo que llegaba a interrumpir la sesión semanal de cariño físico de los novios mientras veían una película sumamente retorcida para avisar que iba a bajar el sobrinito a jugar y él no podía ver semejante cosa del demonio —tanto el rito de apareamiento como la película —. Incluso uno debe guardar con premura su comida para que el niño no coma lo que no debe (y allá van las bolsas de papas que al terminar la sesión de juego con el sobrino habrán desaparecido misteriosamente).A lo que voy… ¿Cómo vivían nuestros padres, los que no estaban casados a nuestra edad, porque los hay, para seguir viviendo bajo el yugo paterno (aún más tirano que el de ellos) sin perder la cabeza? ¿Cómo hacían para no ser cachados en plena llamada subida de tono con su “peoresnada”? ¿O acaso la sexualidad era limitada por la primitiva tecnología de los medios de comunicación convencionales? ¿O quizá la respuesta se reduzca a que nuestra generación tiene un problema mental y no puede pensar en otra cosa? ¿Es acaso como en Volver al futuro y nuestros padres tuvieron hijos pervertidos (en lugar de estúpidos) por sus propios actos?Paro con mi reflexión quejosa y adolescente antes de que “El gran hermano” decida venir a mirar sobre mi hombro para revisar qué tanto veo y escribo en internet.

  • Episodio 1: un golpe de suerte

    Fue un viernes 3 de noviembre de 2017 cuando recibí “la llamada”. Me había graduado en abril de ese mismo año y estaba en proceso de tramitar mi titulo profesional.

    Sobre el cómo llegué a trabajar en una gran producción de televisión… He de confesar que no hice nada. Únicamente metí mis datos en el sistema de la bolsa de la trabajo de la UAM y lo demás, lo demás es historia, fortuna, destino (?).

    Ese viernes me habló el abogado encargado de las cuestiones legales de una productora, necesitaba una correctora de estilo urgentemente y vio mi perfil en la base de la UAM. Me dio entrevista para el día lunes en los estudios Churubusco, “El trabajo sería acá, ¿te queda lejos?”. Me quedaba a media hora en autobús, nada lejos.

    Llegué puntual, pantalón de mezclilla y suéter negro, el cabello en una coleta (el cual me costó trabajo peinar, pues mi cabello es algo rizado) y mi CV. Toda mi experiencia en el campo del cine se reducía a la fundación de un taller de teatro en inglés en la universidad, varios montajes como directora y un pequeño taller de guión para corto metraje que también tomé en la UAM. Ese pequeño taller me salvó la vida en muchas ocasiones. A la fecha sigue salvándome.

    Me contrataron de forma inmediata y empecé mi travesía en el mundo del cine y la televisión al día siguiente. Alteraría oficinas entre dos productoras: BTF Media y Canana Internacional. Mi labor consistía en corregir o traducir contratos, cartas y guiones y asistir al abogado en cualquier cosa que se ofreciese.

    Mi primer proyecto, según las siglas del guión era “LM”, debía revisar los 13 episodios de la serie que estaba filmándose desde abril de ese mismo año y estaba algo retrasada por cuestiones de errores en los contratos, dedazos, cifras que no coincidían, etc. Me tomó unas dos páginas del primer capítulo, aún con los nombres reales, para darme cuenta que ese guión era de la serie Luis Miguel.

  • Escritura con diamantes

    “Siempre me he sentido atraído por los lugares en donde he vivido”.

    Así empieza la íconica novela de Truman Capote, Breakfast at Tiffany’s. Adaptada a cine en 1961 por Blake Edwards y estelarizada por Audrey Hepburn. Justo así empiezo este pequeño y más reciente intento de blog. Aunque, en este caso, la línea inicial cambiaría por “Siempre me he sentido atraída por las películas que he visto, las novelas que he leído y la ropa que he vestido”.

    Pero, ¿de qué va nuestra “Escritura con diamantes”? El título de este blog fue tomado de la novela de Capote con la intención de sintetizar las dos intenciones principales que han rondado mi vida durante los últimos tres años: escritura y cine. Dentro de estas ideas vienen implícitos tópicos como literatura, creación, corrección, traducción y moda (especialmente la moda y el cine en blanco y negro). En pocas palabras, busco analizar el “glamour” del cine clásico.

    Soy Miriam. Estudié Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa y los últimos tres años de mi vida los he dedicado a la corrección-redacción de documentos legales y guiones para cine y televisión. Antes de empezar a trabajar ya tenía un gusto especial por el cine y el teatro, impulsado por diferentes factores. Sin embargo, fue cuando entré al medio que fui consciente de todos los elementos que se veían implicados en el proceso de la creación de una película o de una serie de tv. Actualmente curso una maestría a distancia por la Universidad de Barcelona-UNIBA en Estudios Avanzados de Literatura Española e Hispanoamericana.

    En este espacio podrán encontrar notas, artículos, quejas, odas de amor eterno a la literatura, al cine, a la moda y al arte en general, todo en blanco y negro. Además de anécdotas vividas en el medio, ya que, las preguntas más frecuentes son ¿cómo consigo un trabajo así? ¿cómo es trabajar en cine? ¿conoces gente famosa? ¿la imagen realmente es importante? entre otras de la misma índole.

    Subiré entrada cada jueves o viernes, hasta que la desesperación me venza…